Domingo 14 de marzo de 2010
Cuarto domingo de Cuaresma, ciclo C
Matilde
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Jos 5, 9a. 10-12: Israel celebra
la Pascua ya en la tierra prometida
Salmo 33, 2-3.
4-5. 6-7: Gusten y vean qué bueno es el Señor.
2Cor 5, 17-21: Dios, por
medio de Cristo, nos reconcilió consigo
Lc 15, 1-3. 11-32: Parábola del
hijo pródigo
En nuestra
vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que
creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios
bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para
quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que
creó “hace tanto tiempo", un "padre" autoritario y caprichoso
que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su
voluntad o es nuestro Dios?
Es importante
saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es
el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como
siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo
que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy
Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una
parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los
hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios
-que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los
“separados” del resto, los puros.
El pecado es
el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que
es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue
derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo
constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos.
Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y
condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también
mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a
diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno
Buscador de Hijos Perdidos.
El Jesús que
ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa
que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas
compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el
comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo
es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación.
¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con
frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber
abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es
injusto”, para nuestras justicias; Dios es "de poco carácter" para
nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su
tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros.
Frente a tanta
gente que rechaza la Iglesia ("creo en Dios, no en la Iglesia"), a
veces decimos "pero Dios sí quiere la Iglesia", ¿no debemos
preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos
preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la
que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y
hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la
comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al
verdadero Dios. Quizá debamos, de una buena vez, dejar nuestra actitud de
hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el
papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para
participar de su fiesta; y, participando de su alegría empecemos a mostrar el
rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.
La misma cena
eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para
el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a
nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que
son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su
pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con
buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos
excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de
personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces
tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de
los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria
de "buenos cristianos"? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la
fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados?
Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una
parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos
mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar
de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos.
Para la revisión de vida
- ¿Qué hay en mi corazón de hijo pródigo… huidizo respecto al Padre,
dilapidador de la herencia gratuitamente recibida? ¿Qué hay en mí de hijo
mayor que se cree mejor, con más derechos, irreprochable, despectivo hacia
los demás hermanos? ¿Qué hay en mí que evoque la misericordia paciente y
madura del Padre?
Para la reunión de grupo
- Ver quiénes son los actores de la parábola y ordenarlos de mayor a menor
protagonismo.
- Esta parábola del evangelio de hoy era conocida hasta hace poco como
"del hijo pródigo"; nuestro comentario la llama de otra manera...
¿Qué pensar de ese cambio?
- Calificar el significado de cada actor. ¿Qué actitudes actuales podrían
representar estos actores?
Para la oración de los fieles
- Por todos los que padecen hambre en este mundo en el que sin embargo el
problema no es de producción sino de distribución; para que seamos capaces de
llevar a la práctica la confesión teórica de que somos hermanos por ser hijos
de Dios, roguemos al Señor.
- Por las relaciones familiares entre padres e hijos, para que estén
presididas por las “entrañas de misericordia” que Dios tiene para con todos
nosotros...
- Para que caigamos en la cuenta de que Dios es tanto Padre como Madre; para
que poco a poco vaya calando en nuestra iglesia una conciencia crítica
respecto a la masculinización que hemos proyectado sobre la imagen de Dios...
- Para que tengamos un corazón amplio que se alegra por el bien de los demás
y nunca tiene celos de las alegrías ajenas...
- Para que “nos dejemos reconciliar con Dios”, que de tantas y tan suaves
maneras nos llama a la conversión en este tiempo cuaresmal...
Oración comunitaria
-Dios nuestro, a quien podemos llamar verdaderamente Padre y Madre, lleno de
entrañas de misericordia, dispuesto siempre a la acogida y al perdón, a pesar
de nuestra ingratitud o infidelidad; danos imitarte en ese tu amor, para que
podamos llamarnos honradamente y ser en verdad “hijos tuyos” y “hermanos unos
de otros”. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
Colaboración del Servicio Bíblico Latinoamericano
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