Martes 31 de enero de 2012
Juan Bosco
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2 Sm
18,9-10.14b.24-25a.30-19,3:
¡Hijo mío, Absalón!
Salmo 85: Inclina tu oído, Señor, escúchame.
Mc
5,21-43: Contigo hablo, niña,
levántate.
El
Evangelio de Marcos tiene una extraordinaria fuerza, porque nos narra
detalles extremadamente significativos de la acción de Jesús. Una de las
anécdotas más simpáticas es la protesta de los discípulos en el evangelio
de hoy. Ellos no entienden por qué Jesús se detiene a interrogar a una
demacrada mujer en medio del afán por ir a sanar a la hija del jefe de la
sinagoga. Jesús comprende que la larga enfermedad ha predispuesto a esa
mujer para ir a su encuentro. Ella busca una esperanza de sanación y la
encuentra en Jesús. La incomprensión de los discípulos, que se ha hecho
manifiesta en el episodio de la barca (Mc 4, 35-41), ahora se hace evidente
en la reprensión que le dirigen a Jesús.
Nosotros,
como los discípulos, corremos tras Jesús, pero se nos olvida que con
frecuencia él se detiene a abrazar a las personas que lo buscan. A nosotros
nos puede pasar que no comprendamos a las otras personas cuando, sin
miramientos doctrinales o teológicos, se agarran del manto de Jesús con la
esperanza de la salvación, sobre todo si son del pueblo sencillo. Nos
olvidamos de que el cristianismo no es una religión de doctrinas, sino una
esperanza de salvación.
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