2 Sm 24,2.9-17: Soy yo quien ha pecado
Salmo 31: Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado
Mc
6,1-6: No desprecian a un profeta
más que en su tierra
La
aceptación de la misión de Jesús por parte del pueblo sencillo corre pareja al
rechazo de sus familiares y paisanos. Si sus parientes lo buscan es porque
consideran que está fuera de sí (Mc 3, 21.31-34). A Jesús le desprecian por
conocerle y por tener un oficio humilde como ellos. Es decir, por ser uno de
ellos. En respuesta, Jesús no se enoja, sino que se sorprende de lo despistados
que están sus paisanos: no tienen ojos para el acontecer de Dios en la vida
diaria. La religión no es para ellos un camino cotidiano, sino una actividad
que se realiza en la sinagoga y en el Templo. ¿Cuántas veces nosotros actuamos
de la misma forma? Permanecemos completamente despistados y no aterrizamos con
nuestras opciones religiosas para dar significado a los acontecimientos
maravillosos de la vida cotidiana. Esperamos grandes predicadores, pero
difícilmente escuchamos a la vecina que nos narra la salvación de su economía
doméstica, o la historia de la mamá que logra rescatar a un hijo alcohólico o
drogadicto (Lc 15, 1-31). Jesús no narra nunca cataclismos inexplicables, sino
la acción de un Dios que nos salva en la vida cotidiana.
Colaboracion Servicio Biblico Latinoamericano